InicioMundo JudíoLas Stolpersteine de Berlín devuelven memoria a víctimas del Holocausto

Las Stolpersteine de Berlín devuelven memoria a víctimas del Holocausto

El artista alemán Gunter Demnig colocó nuevas placas conmemorativas en Berlín para víctimas deportadas en 1941. Un familiar de una de ellas afirma que las losas actúan como sustitutos de las tumbas que el nazismo les negó.

El artista alemán Gunter Demnig se arrodilló esta semana sobre el pavimento de una concurrida esquina de Berlín y colocó, con precisión de orfebre, una pequeña placa de latón en la acera. La inscripción, apenas visible desde la vereda, llevaba el nombre de Johanna Berger: nacida en 1893, deportada el 17 de noviembre de 1941, asesinada el 25 de noviembre de 1941 en Kaunas, Lituania.

Una docena de familiares rodeó las cuatro placas, depositó rosas blancas y recitó el Kaddish mientras el tráfico berlinés continuaba indiferente a su alrededor. Para Michael Tischler, sobrino nieto de la víctima, ese pequeño cuadrado dorado cumple una función que va más allá de lo simbólico: es la única tumba que su familia puede visitar.

Las Stolpersteine: memoria incrustada en el suelo europeo

Las Stolpersteine —o «piedras del tropiezo», en alemán— son placas de latón del tamaño de la palma de una mano que se incrustan en la acera frente a la última residencia conocida de víctimas del nazismo. El proyecto, impulsado por el artista Gunter Demnig, comenzó en 1992 en la ciudad occidental alemana de Colonia y ha crecido hasta convertirse en el mayor memorial descentralizado del Holocausto en el mundo.

Según informo The Times of Israel. En Berlín, ciudad que concentra el mayor número de estas piezas, ya se contabilizan más de 11.000 placas. A escala europea, Demnig y sus equipos colaboradores han instalado 126.000 piedras en Alemania y otros 31 países del continente.

La particularidad de este memorial radica en su lógica inversa a la de los grandes monumentos: en lugar de llevar al visitante hasta un espacio solemne y centralizado, son las piedras las que salen al encuentro del transeúnte en su rutina cotidiana. Los brillantes cuadrados de latón incrustados en el pavimento obligan a detenerse, agacharse y leer, interrumpiendo por un instante la vida diaria. Es frecuente ver a niños pequeños examinarlas de cerca y exigir explicaciones a sus padres.

La ceremonia en Berlín: cuatro víctimas de una misma familia

El 6 de mayo de 2026, Demnig colocó en Berlín las placas conmemorativas de Johanna Berger, nacida en 1893, deportada el 17 de noviembre de 1941 y asesinada el 25 de noviembre de ese mismo año en el Fuerte IX de Kaunas (Lituania), junto a las de su esposo y sus dos hijos.

Alrededor de una docena de familiares se reunió en torno a las cuatro placas para depositar rosas blancas y recitar el Kaddish, la oración judía por los difuntos, mientras el tráfico continuaba a sus espaldas en un lluvioso día de primavera.

«Un sustituto de las tumbas ausentes»

Para Michael Tischler, berlinés de 72 años y sobrino nieto de Johanna Berger, la emoción de la ceremonia tiene una dimensión muy concreta: «Las Stolpersteine son una especie de sustituto de las lápidas que faltan», declaró tras el acto. «Creo que esto le da a la historia familiar una cierta conclusión, o al menos una provisional.»

Familiares de víctimas viajan en ocasiones desde cualquier parte del mundo para asistir a estas ceremonias de colocación, porque muchas de las víctimas fueron gaseadas en los campos de concentración nazis y estas piedras representan lo más próximo a una tumba o un lugar de sepultura que sus seres queridos pudieron tener.

La declaración de Tischler resume la función existencial que cumplen estas placas para miles de familias judías dispersas por el mundo: el nazismo no solo mató a sus víctimas; en muchos casos también destruyó cualquier rastro físico de su existencia, incluidos los cementerios y los registros funerarios.

La visión del artista: señalar cada lugar donde hubo crimen

Demnig, de 78 años, explicó su motivación original en una entrevista con la agencia Associated Press: «Mi idea básica era que en cualquier lugar de Europa donde la Wehrmacht alemana, las SS, la Gestapo y sus colaboradores locales cometieron asesinatos o llevaron a cabo deportaciones, se debía colocar una piedra simbólica.»

Esa lógica territorial convierte al proyecto en algo cualitativamente distinto a los memoriales convencionales: no existe un único «lugar de la memoria», sino que la memoria se distribuye por las aceras de más de 30 países, ligada al suelo donde cada víctima vivió su vida ordinaria antes de ser perseguida.

Un movimiento ciudadano de base

Las Stolpersteine no solo ofrecen consuelo a las familias de las víctimas, sino que han generado un movimiento de base que reúne a iniciativas vecinales, colegios y comunidades religiosas para investigar la historia de sus propios barrios. Juntos, jóvenes y mayores consultan archivos y listas de vecinos de época para determinar si algún judío u otra persona perseguida durante el Tercer Reich —comunistas, homosexuales o gitanos— vivió en las calles o edificios donde hoy residen.

Una vez confirmado el antiguo domicilio de la víctima, se organiza una ceremonia de colocación y se garantiza que la placa sea pulida periódicamente para que no pierda su brillo.

El miércoles, estudiantes de décimo grado del Friedrich-Bergius-Schule asistieron a otra ceremonia en la calle Stierstraße, donde numerosas familias judías residieron antes de la guerra. Las tres nuevas placas para la familia Krein —Michael, su esposa Maria y su hija Dalila— elevaron a 62 el número de Stolpersteine en esa calle. Maria y Dalila lograron escapar hacia Estados Unidos y el territorio palestino bajo mandato británico, respectivamente, mientras que Michael, músico de profesión, murió en Berlín en 1940 como trabajador forzado bajo el régimen nazi.

Berlín, antes y después del nazismo

Antes del Holocausto, Berlín albergaba la mayor comunidad judía de Alemania. En 1933, año en que los nazis llegaron al poder, unos 160.500 judíos vivían en la capital. Al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, su número había caído a aproximadamente 7.000.

Ese desplome demográfico, traducido en decenas de miles de historias individuales, es precisamente lo que el proyecto de Demnig intenta rescatar del olvido: no la estadística, sino el nombre, la dirección, la fecha exacta de la deportación y el lugar del asesinato. Una placa por cada persona. Un nombre por cada crimen.

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