El fenómeno de los judeo-conversos

El fenómeno de los judeo-conversos 1
A lo largo de la Historia, las descaradas y criminales persecuciones contra el pueblo judío provocaron que muchos de ellos, en situaciones extremas, se vieran forzados a cambiar de religión. Este fenómeno se dio tanto en el contexto cristiano como en el islámico. Cada uno merece su propio análisis, así que nos vamos a concentrar en el que se dio en Europa y dentro del Cristianismo, por ser el tema global que nos interesa en este momento.

Las conversiones forzadas al Cristianismo se dieron de diferentes maneras.
En muchas ocasiones, simplemente fueron impuestas por gobernantes -locales o regionales-; en otras, fueron aceptadas por mera conveniencia por parte de algunos judíos con tal de integrarse al entorno social inmediato, o simplemente para sobrevivir o preservar su integridad; finalmente, también las hubo sinceras y por iniciativa personal, aunque muchas se dieron en situaciones muy complejas. Por ejemplo, el rabino húngaro Ignatz Lichtenstein decidió convertirse a la fe en Jesús, y escribió un emotivo pero patético panfleto intitulado “Llamado al Pueblo de Israel”, el cual evidencia de modo muy claro y nítido un profundo miedo por parte del autor, demostrando que su “sincera conversión” estuvo en gran medida motivada por la presión terrible a la que estaban sujetos los judíos europeos en ese momento.
El caso es que, de un modo u otro, una gran cantidad de judíos ha abandonado su práctica religiosa original, y se han asimilado -en mayor o menor grados- a otros credos.
El fenómeno es complejo. Si se tratara sólo de decir “se cambió de religión”, para el Judaísmo no habría demasiado que discutir. Al igual que cualquier otra religión, simplemente consideraría que la tal persona rompió sus vínculos con el grupo y con sus raíces espirituales, y se le dejaría de considerar como “parte de la tribu”.
Sin embargo, muchas de estas conversiones se dieron en contextos trágicos, en los cuales no se puede juzgar de modo inequívoco las razones por las cuales muchos de estos conversos tomaron esa difícil decisión. Nos estamos refiriendo, en este caso, a las conversiones forzadas.
El fenómeno es, además, añejo. En el caso de los judíos sefaraditas, data de la época del rey Recaredo (rey visigodo entre los años 586 y 601), que al convertirse al Catolicismo en el año 587, cambió la hasta entonces moderada política hacia los judíos, y empezó a perseguirlos ferozmente. Durante los siguientes años y hasta la invasión islámica (año 711), muchos judíos fueron obligados a convertirse al Cristianismo.
Con la conquista árabe la situación se relajó y así se mantuvo en términos generales hasta la fase final de la reconquista cristiana. En 1391, una oleada de ataques criminales contra diversas juderías fueron instigados por los oscuros y fanáticos predicadores Ferrán Martínez y Vicente Ferrer (este último, canonizado posteriormente). El resultado fue una gran cantidad de conversiones forzadas que, lejos de satisfacer a sus promotores, crearon un problema que hasta entonces no se había manifestado en esa magnitud.
Estos conversos, lejos de aceptar de buena fe las doctrinas del Cristianismo, siguieron practicando clandestinamente la religión judía. En consecuencia, la Iglesia Católica española tuvo que empezar a supervisarlos para “garantizar la pureza de su fe”.
El asunto no se solucionó: repentinamente, se había generado un extraño grupo que no era oficialmente judío, pero que tampoco era sinceramente católico. Naturalmente, al estar bautizados sus integrantes, la Iglesia asumía su derecho a “supervisarlos”, pero también a juzgarlos y sentenciarlos en caso de ser necesario.
Muchas de esas familias -especialmente las de la Corona de Catalunya y Aragón- optaron por trasladarse a Italia (es factible que entre ellos hayan estado los ancestros de Cristóbal Colón). Algunos retomaron allí el Judaísmo; otros continuaron con su doble vida religiosa.
La situación fue elevando la tensión, debido a que muchos de estos Cripto-Judíos encontraron frecuente apoyo en las comunidades judías locales.
En consecuencia, cuando los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla empezaron a ver más cercana la posibilidad de reconquistar el último reducto musulmán -Granada-, también comenzaron a delinear las políticas necesarias para imponer la unidad religiosa en la península.
Esto implicó la creación de un aparato burocrático que se dedicara a fiscalizar la vida religiosa de las familias judeo-conversas, y por medio de una bula papal extendida en 1476, se permitió la creación de un Tribunal de Santo Oficio (Inquisición) que sólo habría de responder a los intereses de la Corona Española, no a los del Vaticano.
En términos simples, y pese a que no le guste a los defensores de esta cultura criminal, fue un error trágico por parte del papa Sixto IV. La Inquisición española fue brutal e inmisericorde en muchos momentos, incluso al grado de escandalizar a las autoridades inquisitoriales de Italia, pero que no podían intervenir de ningún modo, debido a que la única lealtad de los “fervorosos” inquisidores españoles era hacia sus reyes, no hacia el papa.
Granada fue conquistada en 1492, y esto marcó la debacle final del Judaísmo Sefardita en España. El 31 de Marzo se firmó el Decreto de Expulsión, el cual establecía el 10 de Agosto como fecha límite para la presencia de judíos en los territorios peninsulares de las Coronas de Aragón y Castilla.
Las alternativas no eran amables: quienes optaran por exilio, tendrían que vender todas sus posesiones (naturalmente, lo hicieron a precios ridículos) porque no podrían llevarse nada de valor. Quienes quisieran permanecer, tendrían que aceptar la fe cristiana. De ese modo, en 1492 se dio la más grande ola de conversiones al Catolicismo, si bien el contingente mayor empezó un largo éxodo que distribuyó al Judaísmo español y sus descendientes por Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Israel, Líbano, Siria, Turquía, Grecia y los Balcanes.
Un grupo minoritario -pero significativo- optó por una alternativa que, en ese momento, parecía bastante práctica: establecerse en Portugal.
La solución resultó peor que el problema: en 1497 Portugal se integró formalmente a la Corona Española, y las ideas básicas del Decreto de Expulsión se aplicaron de inmediato, con la salvedad de que en esta ocasión no se le dio opciones a los judíos: todos, sin excepción, fueron forzados a bautizarse.
Portugal estaba en plena expansión comercial gracias a sus destacados navegantes. En consecuencia, los Sefarditas portugueses empezaron un éxodo hormiga que les llevó a establecerse en diferentes lugares del mundo. Con la conquista española y portuguesa de América, muchos judeo-conversos o sus descendientes optaron por emigrar a las nuevas colonias para mantenerse lo más lejos posible de la fiscalización inquisitorial.
El asunto funcionó a veces bien, a veces mal. Como era de esperarse, la Inquisición se estableció en América casi de inmediato: en 1579 se fundaron los tribunales de Lima y México, y en 1610 el de Cartagena.
Su actividad, de inmediato, se volvió rabiosa, aunque no por mucho tiempo. En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1618 a 1648), Portugal se independizó de España, y esta última resultó ser el Imperio más afectado por esta conflagración. Después de 1650, la actividad inquisitorial en la Nueva España se redujo notablemente, y para cuando los tribunales fueron abolidos en el marco de las independencias de cada nación latinoamericana (después de 1821), su presencia era casi irrelevante, una mera burocracia tan indeseada como inútil.
Todo este contexto generó una gran cantidad de problemas sociales que, evidentemente, los líderes políticos y religiosos españoles nunca se imaginaron.
En primer lugar, obligaron a la Corona Española a construir enormes burocracias totalmente improductivas, dedicadas a asuntos abstractos (por no decir falaces) que no se traducían en ningún beneficio real para la población, y que en cambio generaban grandes gastos.
El más evidente fue la Inquisición, un aparato meramente persecutor que, en muchas ocasiones, arruinó la vida de personas o familias que estaban al frente de buenos negocios que, por lógica, se vinieron abajo.
Pero también se generó otra burocracia menor, especialmente la que se vio involucrada en los ridículos asuntos de la “limpieza de sangre”. Conforme el problema de los judeo-conversos y sus descendientes se fue intensificando, muchos sectores españoles interesados en desplazar a este tipo de familias de la competencia -principalmente comercial-, presionaron y lograron que cada vez se les restringiera más a los “cristianos nuevos” su participación en ciertas actividades o agrupaciones de la vida política, religiosa o comercial de la Corona Española.
De ese modo, primero se estableció que para poder aspirar a ciertos cargos u oficios, se tenía que demostrar “limpieza de sangre”, o que en cuatro generaciones hacia atrás no había judíos ni musulmanes. Luego, el asunto se amplió a siete generaciones.
El principal daño que esto generó en la sociedad española fue hacerlos vivir en lo que hoy llamaríamos una “realidad virtual”, un mundo en donde los fenómenos concretos y relevantes sólo eran una parte de un universo de “honor” y “pureza” que sólo existía en la cabeza de los españoles.
Por ello, cuando en 1517 empezó el resquebrajamiento de la unidad religiosa europea con la Reforma Protestante, Carlos V -monarca español, pero también alemán- no tuvo modo real y objetivo de atender el asunto. Lejos de plantearse soluciones -nótese que Lutero, inicialmente, no pretendía una ruptura en el Catolicismo, sino una renovación-, se extremaron las posturas y se llegó a un conflicto que de la religión pasó al campo de batalla: justamente, la Guerra de los Treinta Años, con la cual el Protestantismo se ganó su lugar autónomo en Europa, y con la cual también España empezó su irremediable declive.
La reacción fue la única lógica en el marco de esa realidad ficticia española: la Contrarreforma, un proceso de aislamiento, un ostracismo autoimpuesto, que fue relegando a España de la evolución de las sociedades europeas, una especie de castillo de naipes donde la gente siguió obsesionada con “la pureza de la fe” y “la pureza de la sangre”, pero que se tradujo en un colapso de la economía y la sociedad. Hacia finales del siglo XIX, España era, simplemente, una ruina decadente.
El segundo problema social que se generó con este asunto fue que se creó una especie de “clase social” alrededor de la cual se desarrollaron muchas cosas extrañas.
Los “cristianos nuevos” o cristianos que no tenían limpieza de sangre por ser descendientes de judíos se convirtieron en un grupo hermético que, sistemáticamente presionada por múltiples vertientes, se vio obligado a desarrollar medidas extremas para sobrevivir.
La más evidente fue la migración: aprovechando las amplias rutas comerciales españolas y portuguesas, muchos judeo-conversos o descendientes de ellos optaron por buscar mejores condiciones de vida en las colonias ultramarinas o incluso en otros reinos.
Parecería un fenómeno normal en la época, pero hubo detalles que lo hicieron especial. Por ejemplo, uno de los éxodos hormiga más interesantes fue el de “cristianos nuevos” hacia Holanda, por entonces parte de la Corona Española.
Allí fueron un componente decisivo para la eventual creación de la Compañía Holandesa de Indias, la industria naviera y comercial más poderosa de su tiempo.
En circunstancias normales, toda esa labor productiva hubiera beneficiado a la Corona Española, pero debido al pésimo manejo de la crisis religiosa por parte de las autoridades eclesiásticas españolas, Holanda terminó por sumarse al Protestantismo. Esto provocó que Felipe II iniciara una serie de campañas militares contra Holanda (en realidad, contra todos los llamados Países Bajos) a partir de 1568, bajo el supuesto de que la armada española no tenía por qué no ganarle el conflicto a un país diminuto y sin tantos recursos. Sin embargo, la pésima conducción de la guerra hizo que el conflicto se mantuviese hasta inicios del siglo XVII, y en 1618 comenzó la guerra total en Europa. Holanda se vio beneficiada por el resultado de la Guerra de los Treinta Años, y en 1648 obtuvo su independencia oficial y definitiva. En consecuencia, todos los beneficios posibles que se pudieran obtener de lo que vino a ser la Compañía Holandesa de Indias se quedaron fuera del alcance de España.
¿Qué tan importantes eran estos beneficios? Imagínenlo: la red comercial que permitió el auge de esa Compañía tenía como uno de sus principales componentes toda la red de “cristianos nuevos” portugueses repartidos por todo el mundo gracias a la expansión portuguesa. De ese modo, los “portugueses” de Holanda tuvieron acceso a una gran cantidad de ventajas comerciales en todo el mundo.
Si España hubiese sabido manejar su política religiosa de un modo razonable, la mayor empresa comercial de los siglos XVII y XVIII hubiese sido para su beneficio. Lamentablemente, estaba más interesada en fiscalizar la religión de los portugueses y reimponer el Catolicismo en Holanda, y por ello sus resultados fueron desastrosos.
Hacia finales del siglo XVI, los “portugueses” de Ámsterdam fueron renunciando poco a poco a su identidad ficticia y haciendo público su Judaísmo. En 1639 se comenzó a construir la Sinagoga Sefaradita de Ámsterdam.
Finalmente, un tercer problema -sutil, pero no por ello irrelevante- que se provocó España con estas políticas fue la deslealtad de amplios sectores de su sociedad (no sólo de los Judeo-Conversos, sino también de otros grupos como los propios portugueses e incluso los catalanes).
El resultado fue inevitable: cuando se gestaron los grandes conflictos, como la Guerra de los Treinta Años o las Guerras de Independencia en la Nueva España, muchos sectores de la población no dudaron en sumarse a las revueltas. Había pocos estímulos prácticos o teóricos para defender a España.
El asunto es complejo, pero se puede rastrear con relativa facilidad la participación de personas de origen judío tanto en las Logias Masónicas que empezaron a establecerse a finales del siglo XVIII en América, como en las Guerras de Independencia a partir de 1810.
En otro extremo, basta ver lo que sucedió con Portugal y Catalunya en el marco de la Guerra de los Treinta Años: ante la debacle española, los condados catalanes del norte declararon su independencia y se autonombraron súbditos de Francia. La Corona Española tenía todas sus tropas luchando contra los Protestantes en el norte, así que convocó al ejército portugués para sofocar la revuelta catalana.
Pero el Cardenal de Richelieu, hábil como él solo, aprovechó la coyuntura para lograr la anexión de los condados catalanes del norte y de paso reventar la alianza española-portuguesa: convenció al Duque de Braganza de independizarse de España, ofreciéndole su apoyo para convertirlo en rey de Portugal. Durante su paso por Madrid, las tropas portuguesas se rebelaron contra la Corona Española y el plan de Richelieu funcionó a la perfección: España perdió la Catalunya del norte y a Portugal.
Fue bizarro: se supone que la Guerra de los Treinta Años era un conflicto entre católicos y protestantes. En esa lógica, Richelieu -gobernante de facto de un país católico como Francia- debía haber sido aliado de España, tan católica toda ella. Pero no: tal parece que a nadie le interesaba la lealtad hacia España, y Richelieu aprovechó todo lo posible para obtener ventajas para Francia, sin importarle demasiado el conflicto religioso como tal.
Al final, podemos decir que católicos y protestantes empataron y tuvieron que acostumbrarse a coexistir en Europa. Pero España perdió. Territorios, dinero, influencia y poder. Como si su evolución histórica estuviese conducida por un hilo rector distinto, ajeno, al del resto de Europa.
Y, en medio de esos retruécanos históricos, un grupo de descendientes de judíos haciendo todo lo posible por sobrevivir.
En la próxima nota, vamos a entrar un poco más en los detalles de la evolución de este grupo, para empezar a dilucidar la información relevante que nos permita entender lo que sucede hoy en día con este asunto.
Porque, naturalmente, los judíos hemos sido un pueblo de sobrevivientes. Y eso nos obliga a analizar de qué manera sobrevivió esta clase social inventada al fragor de la intolerancia religiosa en España.

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