jueves, octubre 29, 2020

El Schindler sefardí de las secuestradas del IS










El Schindler sefardí de las secuestradas del IS
El empresario alemán Oskar Schindler recibe la inscripción tallada en un anillo de oro, regalo de los cientos de judíos a quienes guareció del horror de las cámaras de gas y los campos de concentración convirtiéndoles en sus peones. La Alemania de Hitler acaba de derrumbarse y es Schindler, miembro del partido nazi, quien emprende la huida ante la inminente llegada de las tropas aliadas. A medianoche. Entre sollozos. Rodeado por un millar de obreros. El patrón se lamenta con amargura y susurra al oído de su mano derecha, el contable Itzhak Stern: «Si hubiera tenido más dinero… Malgasté tanto. No tienes ni idea. No hice lo suficiente».

Es hebreo, es del Talmud. Dice: «Quien salva una vida, salva al mundo entero»

  • Steve Maman, un sefardí con raíces andaluzas que vive una vida de lujo en Canadá. Ha decidido emular al célebre personaje
  • Su meta: liberar a 3.000 cautivas en territorios del IS. Ya lleva 128 niñas rescatadas
  • ‘Quiero hacer algo importante’, nos dice. ‘Hace días hablé con una niña a la que habían vendido y violado unas cinco veces’
  • ‘Calculo que necesitaré unos 9 millones de dólares’, dice a Crónica
19 de agosto de 2015. La misma letanía que tortura a Schindler resuena al otro lado del hilo telefónico. «Hemos reunido poco más de medio millón de dólares. Es una cantidad insuficiente. Queremos liberar al mayor número posible de personas pero el dinero no nos llega. Necesitaríamos unos nueve millones de dólares para rescatar a todos los secuestrados», dice angustiado el acaudalado comerciante Steve Maman. Este judío sefardí, nacido en Casablanca (Marruecos) hace 42 años y afincado en Canadá, se ha embarcado en una aventura tan temeraria como prometedora: arrebatar de las fauces del autodenominado Estado Islámico a las 3.000 niñas y mujeres de la minoría yazidí, raptadas hace un año en el norte de Irak y convertidas desde entonces en esclavas sexuales del califato. Su campaña, que crece a diario con donaciones llegadas de medio mundo, le ha valido el sobrenombre del Schindler judío, un apodo que rechaza regido por la modestia.
«Me llaman el Schindler judío pero él liberó a 1.200 personas en mitad del Holocausto y en las peores circunstancias que uno puede imaginarse. ¿Cómo puedo yo compararme con él? Estoy muy lejos de su capacidad y su legado», replica a Crónica. Son las nueve de la noche en El Cairo, tres de la tarde en Montreal. Maman responde veloz, saturando de palabras la línea, como si cada segundo valiera toda una existencia. «Tengo dos empresas, una dedicada a la iluminación y otra a la venta de coches de época y motocicletas Harley Davidson, pero desde que empezamos la campaña dedico todo mi tiempo a la liberación de cristianos y yazidíes. Quiero hacer algo verdaderamente importante», arguye.
El Schindler sefardí de las secuestradas del IS
La vida no le ha tratado mal. Felizmente casado, disfruta de una vasta descendencia -seis hijos con edades que oscilan entre los 20 meses y los 22 años- y valiosos contactos en la corte marroquí y los palacetes del golfo Pérsico. Tiene incluso lazos remotos con nuestro país. «Mi familia ha vivido durante muchas generaciones en Marruecos pero sabemos que nuestro apellido procede del sur de España», relata sin ánimo de abrir lances del pasado. Ha sido, sin embargo, el único episodio que juró no olvidar -el Holocausto- el que le ha hecho correr al auxilio de las víctimas del genocidio que los adláteres de Abu Bakr al Baghdadi perpetraron el pasado verano contra los yazidíes, seguidores de una fe vinculada al zoroastrismo que mezcla elementos de antiguas religiones mesopotámicas con los credos cristiano y musulmán y a los que los barbudos consideran «adoradores del diablo».
«Mi pueblo -narra Maman- padeció el Holocausto. Seis millones de personas fueron asesinados por los nazis porque el mundo tardó demasiado tiempo en reaccionar. Se necesitaron seis años para socorrer a los judíos que habían sido confinados en campos de concentración y detener su exterminio. Con los yazidíes está sucediendo lo mismo. La comunidad internacional no está demostrando ningún interés en poner fin a los crímenes. Por eso he decidido actuar como individuo en lugar de quedarme esperando. Ha transcurrido un año y hasta ahora nadie ha hecho nada para rescatar a los yazidíes y cristianos atrapados en el califato».
En busca de las almas que el IS (Estado Islámico) vendió al mejor postor o regaló como trofeo de guerra a sus combatientes, Maman fundó en junio la organización «Liberación de niños cristianos y yazidíes de Irak». Lanzó una campaña de mecenazgo por internet y comenzó a llamar a la puerta de gobiernos y donantes privados. En un par de semanas la red ha logrado que 128 supervivientes -en su mayoría mujeres de entre 3 y 35 años- hayan escapado a la pesadilla.
«El proceso es muy sencillo», detalla el empresario. «Recaudamos el dinero y lo enviamos a nuestro equipo en el Kurdistán iraquí (limítrofe con las tierras ocupadas por el IS), que tiene contactos dentro del califato. Son los intermediarios quienes se encargan de negociar con los soldados del IS y los civiles que poseen esclavos», agrega. Sobre el terreno, una de las piezas clave del engranaje que está devolviendo la esperanza a la diáspora yazidí es la estadounidense Amy Beam, una desarrolladora de software jubilada que se dedica a buscar familias con parientes desaparecidos. «Steve me telefoneó pidiéndome ayuda. Desde hace un año visito los campos de refugiados en Turquía y el norte de Irak. Mi misión es hallar a las familias que todavía tienen a miembros secuestrados por el IS y encontrar el modo de contactar con esas personas», explica Beam desde Dohuk, la ciudad del Kurdistán iraquí donde reside desde enero.
«Al principio todo era más sencillo. Durante los primeros meses de cautiverio las mujeres y niñas disponían de teléfono y a escondidas llamaban a sus parientes. Después los militantes del IS les requisaron los aparatos y algunas consiguieron guardarse la tarjeta telefónica. Aunque resulta cada vez menos común, se ha logrado liberar a varias mujeres que han vuelto a comunicarse por móvil con sus seres queridos», precisa el enlace de Maman en tierras kurdas. Hasta hace algunos meses la única opción viable era escapar de los captores aprovechando alguna distracción. Tres mujeres que fueron vendidas como esclavas relataron a este diario en junio su arriesgada huida de Mosul, la segunda ciudad de Irak en manos yihadistas desde junio de 2014. Después de que decenas lo consiguieran, la fuga es hoy un escenario casi imposible. «El control del IS se ha recrudecido. Aun colocándose un niqab (prenda que cubre todo el cuerpo excepto los ojos), las mujeres no pueden caminar solas por la calle. Sin ayuda no llegan muy lejos», admite la estadounidense.
De esclavas a mercancía
Es en estos casos cuando la iniciativa de Maman cobra sentido. «Mantener a una prisionera en tu casa durante todo un año es muy complicado. Más aún si tiene que convivir con otra esposa e hijos. A pesar de las golpizas y las amenazas, las mujeres se siguen rebelando contra sus verdugos hasta volverse un quebradero de cabeza. Es el momento de venderla a otros hombres. Ya no son esclavas sexuales sino mercancía. Nuestros intermediarios las compran y están dispuestos a entregarlas a sus familias cruzando el territorio del IS», refiere Beam.
El Schindler sefardí de las secuestradas del IS
Un equipo de colaboradores locales que permanece en el anonimato por razones de seguridad se encarga de mediar con unos vendedores sobre los que el bienhechor judío -interrogado por la posibilidad de que los rescates sirvan para financiar las arcas del IS- opta por no saber demasiado. «No tratamos con miembros del califato sino con intermediarios. Pagamos entre 2.000 y 3.000 dólares por persona (entre 1.700 y 2.600 euros). No nos interesa el vínculo que tienen con el IS ni queremos preguntar qué ocurre entre ellos y los yihadistas. Son vecinos o empresarios de Mosul que, en cualquier caso, están arriesgando su vida por salvar otras», zanja Maman.
Una vez completada la transacción, los rehenes -acompañados por ayudantes del empresario- atraviesan los confines del IS. A menudo la escapada se prolonga durante nueve horas de caminata, abriéndose camino entre sierras y dunas. Al otro lado de la frontera, en zona segura, aguarda el reencuentro con la familia tras un año de tormentos y extravío. «Es una ceremonia íntima pero muy emotiva. Después les trasladamos en coche hasta una casa donde completamos el papeleo, les fotografiamos y tomamos las huellas dactilares», comenta Beam. «A los donantes que han proporcionado importantes sumas de dinero, más de 10.000 o 20.000 dólares, les damos una imagen como muestra del resultado de su colaboración».
En las instantáneas proporcionadas por la campaña a este diario, los menores rescatados sostienen un cartel que reza: «Mi nombre es… Agradezco a (nombre del mecenas) por ayudar en mi liberación. Que Dios te bendiga».
Las cuatro paredes que documentan el fin del calvario escuchan también los estremecedores relatos de largos y salvajes cautiverios, a los que Maman asiste vía Skype. «Hace unos días participé en la entrevista con una niña recién liberada. Fue terrible. Me contó que la habían vendido hasta en cinco ocasiones y que cada cambio de propietario estaba marcado por una violación más brutal que la anterior. Me dijo que había perdido a gran parte de su familia y que desconocía su paradero. Estaba completamente traumatizada. Lo había perdido todo: la familia, la dignidad… Temí que intentara suicidarse».
El vendedor de coches

  • PASIÓN POR EL MOTOR. Aficionado a la Harley, compagina la venta de coches de época con su labor como conservador de una de las mayores colecciones privadas de vehículos clásicos del planeta.
  • SUS GUÍAS. Junto a Schindler, Maman venera al británico Nicholas George Winton, que organizó el rescate de 669 niños desde Checoslovaquia antes de la II Guerra Mundial.
  • SU GRAN SUEÑO. «Ver que la comunidad internacional se involucra de verdad y se logra la liberación de los 3.000 yazidíes que están secuestrados dentro del califato».
La inconclusa relación de vidas redimidas por el sefardí -«La lista es un bien absoluto. Es la vida», sostenía Itzhak Stern en La lista de Schindler- registra desgarros similares. «Mujeres que han sido violadas y vendidas sin tregua; sometidas a operaciones de cirugía para reconstruirles el himen; apaleadas, deprimidas y privadas de comida. Hay incluso una niña de nueve años que ha padecido abusos sexuales tan atroces que tiene daños internos. En esa lista figuran hombres y mujeres que seguían vivos pero que, en realidad, estaban muertos».

Fuente: Elmundo.es
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