sábado, octubre 31, 2020

Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío










Edgar Feuchtwanger cuenta la historia del ascenso de Hitler a través de su propia experiencia de la infancia, cuando fue vecino del futuro líder nazi en Munich.
Edgar Feuchtwanger cuenta la historia del ascenso de Hitler a través de su propia experiencia de la infancia, cuando fue vecino del futuro líder nazi en Munich.

En 1929, Edgar Feuchtwanger vive una infancia feliz en Múnich. Desde la casa familiar, el niño, de cinco años, ve al otro lado de la calle a un hombre nervioso, con un curioso bigote, y ve también cómo los que pasan por delante le hacen un raro saludo, levantando el brazo. El extrañamiento del niño choca con el de un lector que lo entiende todo, que sabe desde el principio que su vecino no es otro que Adolf Hitler. La familia judía de Edgar compartirá barrio con el líder nazi hasta su ascenso a la cancillería alemana en 1933.


Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío

Desde la atalaya de sus noventa años, Edgar Feuchtwanger ofrece en Hitler, mi vecino (Anagrama) un particular relato veraz, en primera persona, del ascenso del líder nazi, una historia de la Alemania del Tercer Reich a través de los ojos de un niño que ve, desde la ventana de su cuarto, cómo uno de sus vecinos va convirtiéndose en alguien a quien temer, un hombre que se va rodeando poco a poco de una cohorte de seguidores que lo auparán en muy poco tiempo al poder.

1929

Una feliz predestinación hizo que yo naciera en Braunau-am-Inn, un pueblo situado justamente en la frontera de estos dos estados alemanes cuya nueva fusión se nos presenta como la tarea fundamental de nuestra vida y que hay que perseguir por todos los medios.
Adolf Hitler, primera frase de Mein Kampf
Me gusta que ella me toque ese fragmento al piano. Es un minué. Me ha dicho que Mozart lo compuso a mi edad. Tengo cinco años. Escucho las notas y es muy bonito. Tengo ganas de bailar. Tendido en el suelo, nado sobre el parqué como si fuese un lago. Las butacas son barcos, el sofá una isla y la mesa un castillo. Si mamá me ve va a reñirme y a decir que me mancho el traje. Me da igual. Me pica de todas formas. Ahora estoy tumbado de bruces debajo de la silla. Con mi fusil no temo nada si los franceses atacan. Me quedaré escondido.
He tenido también miedo esta mañana, cuando los pobres han venido a llamar a la puerta, abajo, delante de la casa de nuestro guardián. Mamá ha bajado y yo he observado desde lo alto de la escalera. Eran barbudos, tenían la ropa agujereada. Querían dinero. Vendían cordones de zapatos. Mamá ha subido, ha pasado de largo sin verme, ha cogido una hogaza del pan que yo adoro, blanco y crujiente, con la corteza dorada que se enmaraña encima como unas trenzas de niña, y ha vuelto a bajar. Cuando se la ha dado, los pobres le han sonreído y se han marchado a la calle.
Por la tarde han venido otros. Ella seguía tocando el piano, el fragmento que se acelera al final, se reía y yo daba vueltas mirando desfilar la pieza a mi alrededor.
Los mendigos han vuelto. He sido yo quien les ha oído llamar a la puerta. Mamá ha dejado de tocar y ha ido a abrir. Uno de ellos gritaba fuerte. Decía que les habían quitado la casa, sus ahorros, y que estaban en la calle con sus hijos. Decía que era por culpa de los judíos. He tenido miedo, me han entrado ganas de llorar. Mamá ha sido amable y uno gordo, más grande y más fuerte que los demás, con una gran barba blanca, ha dicho que la conocía. Ha gritado: “¡Es una Feuchtwanger!”
Ha tirado hacia atrás del bajito malo que chillaba. Ha explicado que había conocido al tío Lion en la escuela y que incluso había leído sus libros. Yo estaba escondido arriba, al acecho con mi fusil. Deseaba ser invisible, como en el libro que me leen por la noche. El barbudo me ha hecho un guiño y le ha dicho al bajito que estaba harto de sus historias de judíos. Mamá le ha dado las gracias amablemente y ha pedido a Rosie que fuera a buscar las salchichas. Rosie es mi institutriz. He rodado sobre mí mismo como un soldado y ella no me ha visto al pasar. Su delantal blanco y su vestido negro han hecho un ruido de follaje. Yo estaba debajo de una silla. La he observado cuando entraba en la cocina. Re-funfuñaba en dialecto, esa lengua distinta que habla cuando nadie la oye. Tachaba de imbéciles a los pobres, juraba que no teníamos tantas salchichas y que no sabía qué tendríamos para cenar esta noche. Ha vuelto con las salchichas y le ha sonreído al señor gordo. Él se lo ha agradecido, ha bendecido a mi madre y se ha marchado con su comitiva.
Mamá ha hablado con la tía Bobbie, nuestra vecina de arriba, que había bajado. Creo que la tía Bobbie le ha dicho que nuestro tío iba a meternos en apuros si no tenía cuidado con sus libros. Mi tío Lion es escritor. Inventa historias para los mayores. Mamá le ha sonreído a la tía Bobbie y le ha prometido que advertirá al tío Lion. Intentaba tranquilizarla, le aconsejaba que no se preocupase, los mendigos de fuera eran sólo pobres gentes que han hecho la guerra y luego lo han perdido todo. Yo he corrido a la ventana para verles. Llamaban a la puerta del inmueble de enfrente, formaban una pandilla con otros mendigos, un poco más lejos.
Miro a los pobres por la ventana desde esta mañana. Están al pie del edificio. ¿Y si atacasen? ¡Yo tengo mi fusil! Mamá me ha visto. Me ha sonreído, se me ha acercado, ha cerrado las cortinas y ha anunciado la merienda. Yo le he preguntado qué era un judío y ella me ha susurrado al oído que soy demasiado pequeño para comprenderlo.
Puedo tener cinco años, pero lo capto todo. ¡Sé lo que es un judío! Un día mi padre habló de esto delante de mí con mi madre. Ella le pidió que cambiara de tema porque no era propio de mi edad, él le respondió que yo no podía comprender y siguió hablando. Yo jugaba en el suelo con mis cochecitos fingiendo que no escuchaba. Pero lo oí todo. Mi padre hablaba de los nazis que no quieren a los judíos. Los judíos somos nosotros, la familia Feuchtwanger. Lo sé desde hace mucho. Yo ya lo había hablado con Rosie. Somos iguales, dijo ella cuando la interrogué, sólo que los judíos no creen que Jesús hubiera existido. Yo, sin embargo, sí sé que existió. Rosie me contó toda su historia. Tenía el pelo largo y era muy bueno. Unos malvados lo ataron a una cruz, le clavaron clavos en las manos y los pies y lo mataron. Quise saber si los malvados habían sido los judíos. Rosie me respondió que no, que los nazis lo confundían todo. Fueron los romanos los que le asesinaron, y además Jesús era judío. Es una historia muy antigua, de otra época, de otro tiempo, mucho antes de que yo naciera, y de que nacieran mis padres, los de ellos y los de todos sus antepasados, antes de que hubiera automóviles y ciudades en la tierra, ocurrió en un antiguo país desaparecido, más allá de las montañas, del campo, de los ríos y los mares. Ella se abrió la blusa y me enseñó una crucecita de oro sobre el pecho. Me dijo que podía cogerla con los dedos. Yo la rocé, ella se la llevó a los labios y le dio un beso, y después me besó en la frente diciendo que yo era su niño querido y que todos los niños y todos los hombres estaban hechos de una misma carne, que todos éramos hijos del Señor y que el niño Jesús había dicho que todos debíamos amarnos. Ella tenía la cara un poco triste y me apreté contra ella. Así que cuando mis padres hablaron de los nazis yo sabía de qué iba. Tuve ganas de explicarles que los nazis confundían a los judíos con los romanos. Preferí seguir fingiendo que jugaba en el suelo para oír la continuación de la historia. Estábamos en el despacho, donde papá ordena todos sus libros en estanterías que llegan hasta el techo. Tiene miles. Los ha leído todos, le gusta mirarlos, cogerlos, abrirlos, cerrarlos, acariciarlos. Me ha prometido que un día serán míos y que los leeré todos.
Mis padres están sentados en el sofá de terciopelo verde. Me gusta que estén los dos ahí. A veces él le toca la cara. Él la mira, ella le admira, le dice que es guapo, que le ama, pero que su bigote le hace cosquillas cuando la besa, él le contesta que sus besos le empañan las gafas. Mi padre es guapo, elegante. Me gustaría vestirme como él, ponerme una camisa blanca y una corbata en lugar de este trajecito de lana que me pica, y también una chaqueta bonita con rayas anchas como la suya. Él me repite que soy demasiado pequeño.
Toman el café. Me han dejado mojar un terrón de azúcar en el café. Lo he cogido con una pinza de plata del fondo de la bonita caja brillante en la que todo se ve deformado, y lo he acercado a la taza china que tiene dibujado en malva a un emperador sentado en un palanquín. El terrón ha tocado el café humeante, se ha empapado – qué divertido cuando el café trepa por el azúcar- y lo he atrapado con la punta de los labios. Lo he chupado con un ruidito y me he vuelto a meter debajo de la mesa baja dejándolo derretirse en la boca. Me he acordado del día en que una señora vino a casa con un perrito, un teckel. Ella le pidió que hiciera una gracia. El perro se sentó sobre el trasero. Ella le depositó el terrón sobre el hocico y le susurró: “¡Ahora!” Él atrapó el azúcar con su boquita negra y caramelo. Creo que era un perro acróbata.
Los rayos de sol me calientan las piernas fuera de mi escondrijo. Escucho lo que dicen. Hablan del tío Lion y de Adolf Hitler. El tío Lion piensa que un día Hitler será el que mande y que ese día matará a todos los judíos. Yo no sé quién es Hitler. Me tiemblan los labios, tengo ganas de llorar. Salgo de mi refugio y me lanzo a los brazos de mis padres. No comprenden por qué sollozo. Yo tampoco. Les digo que les quiero y que no quiero que se mueran nunca. Por eso las lágrimas me han subido a los ojos. Por suerte, ahora se ha acabado.
Estoy montado a caballo en mi elefante de ruedas. Se llama Aníbal, como el emperador que hizo la guerra con elefantes contra los romanos. Les atacó cruzando la montaña en invierno. Sentado en su lomo, mis pies ya no tocan el suelo. Encima de Aníbal soy alto, soy mayor. La ventana está abierta, se oyen los pájaros y los automóviles. Acerco a Aníbal y me acodo en la ventana para mirar fuera. Siempre tengo cuidado de no asomarme, porque si no Rosie me regaña. Los autos brillan, los rayos de sol se reflejan en sus grandes faros redondos y hacen bailar en el techo de la habitación unas lucecitas de bonitos colores, el de los pistachos, el del vino, el de las fresas. Hace bueno, los coches son descapotables y veo a los pasajeros. Allí está la tía Bobbie, que vive encima de nosotros. Está con su enamorado, el duque Leopoldo de Baviera. Un duque es como un príncipe o un rey, y Baviera es el otro nombre de nuestro país: mis padres dicen que vivimos en Alemania, pero la tía Bobbie, el duque y Rosie aseguran que vivimos en Baviera. Papá y mamá dicen que son alemanes, la tía Bobbie y el duque que son bávaros.
Un chófer conduce el coche del duque. Veo sus guantes blancos y su gorra con un galón dorado y una visera negra y brillante que lo protege del sol y del viento. Su automóvil se parece a una carroza forrada de cuero beige. El duque tiene un verdadero aire de rey. Lleva un sombrero de copa, un chaqué que le da el aspecto de un pingüino y una sola lente. Es un monóculo. Yo le apodo “el Mago” porque consigue mantener en equilibrio ese cristal tan redondo delante del ojo. La tía Bobbie lleva un gran sombrero blanco, sus anillos titilan al sol, me ve y me hace una señal. Grita: “Bürschi!” Así me llaman en casa, quiere decir “muchachito” en bávaro. Yo le respondo con un gesto de la mano. El duque me saluda a su vez, agitando el pomo dorado de su largo bastón real. La tía blande un paquetito con una cinta roja. Sé que es una caja de pastas de fruta porque me las regala a menudo. Estoy impaciente por que suba a casa para dármelo, tengo ganas de que sea ahora mismo.
Miran al otro lado de la calle, donde se ha parado un gran coche negro. Un chófer con uniforme de soldado da la vuelta al auto y abre la puerta del pasajero. Se apea un señor que mira a la tía Bobbie, después al duque y luego levanta la vista hacia mí.
Luce un bigotito negro, el mismo que papá.
Rosie me ha sobresaltado. Ha cerrado la ventana de golpe, ha corrido las cortinas, me ha desvestido y me ha acostado para la siesta. Detesto la siesta. Tampoco me gustan los barrotes de mi cama.
Sigo oyendo el canto de los pájaros, miro la sombra de las cortinas, que forma como olas en el techo, y las molduras que crean pequeñas montañas. Con los ojos cerrados, siento la mano suave de Rosie en mi mejilla. Me duermo.
Me he despertado. He tenido una pesadilla. He soñado que el señor de enfrente se convertía en un ogro, que nos atrapaba y quería devorarnos. Tenía el pelo erizado y las uñas largas y melladas como las de Pedro Melenas, el chico malo del libro que descansa en mi mesilla de noche. Con sus uñas ganchudas y los pelos de punta como las púas de un puercoespín, el ogro perseguía a mi familia por las calles. Yo agarraba a mis padres de la mano, ellos corrían demasiado rápido para mí, me resbalaba y caía delante de ellos, mamá me recogía, el monstruo se acercaba. El malvado Federico, el chico que azota a su criada, mata a los gatos a pedradas, arranca las alas a las moscas y estrangula a las tórtolas, también estaba en mi sueño, lanzaba sillas como balas de cañón.
No sé si me gusta el libro Pedro Melenas. Dentro se ve al niño Jesús ofreciendo regalos a los niños buenos que se toman toda la sopa, juegan con sus juguetes, van de la mano formales con su madre. Tiene alas de ángel y una corona. Se parece a una niña en camisón, de rodillas en la nieve. Una estrella brilla encima de su cabeza. Un fusil de bayoneta y un tambor militar flotan sobre la página entre los regalos. El libro cuenta las historias atroces de niños malos: Federico azota cruelmente a su perro; Paulinita perece en las llamas que consumen sus cintas, su pelo, sus pies, sus párpados, sólo queda de ella un montón de cenizas y sus zapatitos embetunados, sus dos gatitos lloran, sus lágrimas forman un lago; unos niños se burlan de un chiquillo completamente negro y el gran Nicolás los castiga, los sumerge en tinta, acaban tan aplastados como un papel, parecen sombras; el hombre con las grandes tijeras le corta el pulgar a Conrado para que no se lo chupe más, y esta historia me aterroriza porque yo me chupo el pulgar, mientras que Gaspar, en cambio, muere porque nunca se toma la sopa, y Roberto desaparece en el cielo, transportado por su paraguas. Todo se embarulla en mi cabeza. Flotan en el aire, vuelan a mi alrededor, se deforman, se alargan, desaparecen…
Tengo calor. Tengo la nuca mojada.
Era una pesadilla.
Estoy de pie en la cama.
Paso por encima de los barrotes, trepo al asiento de ratán y miro por la ventana.
La calle está tranquila. Una cortina se mueve enfrente.
Estoy totalmente desnudo en casa. Doy saltos por todas partes y hago reír a Rosie, que intenta atraparme para vestirme. Dice que soy su muñeca y me pone una combinación de lana que me pica. ¡Me gusta jugar con mi muñeca, pero no soy una! A la mía la visto y la paseo en su cochecito. La tapo con mantas para que no tenga frío. La bajo con Rosie a pasear todos los días, vamos hasta el par-que. En el camino pasamos por delante de la casa del señor Hitler. Rosie sigue caminando un poco más deprisa y ya no me escucha.
Ayer se me cayó el gorro delante de la casa y ella no me oyó cuando se lo dije. Tuvimos que volver atrás. Un portero lo tenía en las manos. Grande, vestido como un soldado, dijo que yo era muy mono y que sería un alemán muy valiente cuando fuese mayor. Rosie no quiso quedarse más tiempo y me llevó caminando rápido, y me agarraba de la mano demasiado fuerte. Parecía contrariada, yo no me atrevía a decir nada. Con voz firme, me explicó de nuevo que no hay que hablar con gente que no conoces.
Estoy muy tranquilo en casa y veo al portero desde la ventana de mi habitación. Es divertido, la gente le hace muchas veces una seña levantando el brazo cuando pasan y él responde con una seña de la mano. Miro circular los coches. Van más rápido que las calesas tiradas por caballos que me gustan tanto. Las oigo pasar. El chasquido de los cascos sobre los adoquines se parece al del agua cuando Rosie friega los platos. Sé hacer el mismo ruido con la lengua.
Tengo un caballo de madera fantástico. Papá Noel me lo dejó debajo del árbol, al lado del piano. Habíamos colocado los zapatos al pie del árbol decorado con bolas rojas y, al despertar por la mañana, cada uno tenía un regalo delante del zapato. Todo el mundo ha besado a mi padre por su regalo. Yo también lo he hecho, pero él nos ha dicho que había que agradecérselo a Papá Noel. Yo he añadido que no había que olvidarse de pensar en Jesús porque era su cumpleaños, y todos se han echado a reír. No comprendo muy bien por qué, pero yo también me he reído. Sucede a menudo: hago reír a los mayores sin querer. Mamá ha comentado que me ruborizo.
He querido verme en el espejo de la entrada. No he visto nada. Parece que el rubor de las mejillas no se refleja en los espejos, sino solamente en los ojos de los demás. Es el corazón que se calienta mucho cuando somos felices. Ahora lo noto cuando me pasa.

Fuente: elcultural.es
Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío
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