“Para descubrir el rastro sefardí sólo hace falta mirarse los apellidos”

La vida te da sorpresas! exclama el borracho de la canción ‘Pedro Navajas’. También la genética, piensan los serenos biólogos de la Pompeu Fabra, Elena Bosch y Francesc Calafell. La revista ‘American Journal of Human Genetics’ publicó recientemente bajo la dirección de Calafell, el trabajo titulado ‘El legado genético de la diversidad e intolerancia religiosa: linajes paternos de cristianos, judíos y musulmanes en la Península Ibérica’.

En él se investiga el cromosoma ‘Y’ de 1400 varones -el cromosoma «Y» es exclusivo de los hombres-, asentados, al menos desde hace tres generaciones, en un mismo territorio de la Península Ibérica. A través de no sé qué variables e invariables de este cromosoma ‘Y’ se rastrea la herencia genética de los individuos, y por extrapolación, de las comunidades autónomas.

Las conclusiones generales no resultan extrañas. Por la sangre de los españoles o, si lo prefieren, de los habitantes de la Península Ibérica, corre un 69,6%, del ADN de los europeos e íberos autóctonos. Como dijo el poeta, «somos a muerte lo ibero, que aún nunca se ha postrado puro, entero y verdadero». Por otra parte, tenemos un 10,6% del «alma de nardo del árabe español», o. por asimilación aunque no suena tan bien, del moro berebere.

Por último, un 19,8% de nuestro ADN colectivo procede de la diáspora hebrea, sangre de ‘sefarad’ que, pese a la expulsión por parte de los Reyes Católicos de los judíos que no quisieron, en 1492, convertirse al cristianismo, dejó una importante huella genética en España. Para descubrir el rastro sefardí sólo hace falta mirarse los apellidos. Tras un apellido que indica oficio o accidente geográfico, se esconde un judío converso de finales del siglo XV.

Lo sorprendente no es que en el ADN se encuentren restos genéticos de cristianos de procedencia íbera, moros y judíos, sino la distribución geográfica de estos.

Por otra parte, dentro de cien años los resultados estarán notablemente alterados, entre otras cosas porque en los últimos ocho años han entrado en la Península Ibérica más norteafricanos que en ocho siglos de la Edad Media. Según las conclusiones del estudio, la huella de la raza mora, vieja amiga del sol, no está en Granada o en Andalucía Oriental -sólo un 2% de la población tiene ese ADN norteafricano- , sino en la Galicia celta y el noroeste de la vieja Castilla. Las poblaciones con más raíces ibéricas desde un punto de vista genético, son -paradojas de la vida- el País Vasco, Navarra y Cataluña, la España más auténtica.

¿Y Asturias? No sé si entre la docena y pico de asturianos investigados habrá alguno de aquellos orgullosos vaqueiros que cantaban «Antes que Dios fuese Dios / y estos riscos estos riscos / los Feitos eran los Feitos / y los Garridos / Garridos». El caso es que según la investigación, nuestros ancestros son mayoritariamente judíos (40%) o de procedencia del Mediterráneo Oriental, o del linaje ibérico. El componente norteafricano es testimonial.

Ante estos datos, no estaría de más que el Presidente del Principado, que es castellano viejo por el Álvarez y judío sefardí por el Areces, pidiese al también íbero cristiano viejo (Rodríguez) y judío (Zapatero) que preside el Gobierno, la aplicación de un nuevo fondo dentro de la nueva ley de financiación autonómica. Un fondo genético. Para compensar.

Por: Ramón Avello

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