Un DNI español para los sefardíes extremeños

Un DNI español para los sefardíes extremeños
«El judaísmo extremeño nació en Mérida en el siglo II y tuvo su edad de oro en Al-Ándalus», explica el investigador Marciano de Hervás
Sólo doce isralíes viven en la región, que no es ajena a la ley que facilitará la nacionalidad a los ‘hijos’ de Sefarad.

Hace 522 años, miles de extremeños abandonaron su tierra por obligación. Eran judíos, razón única por la que el Estado de la época decidió echarles del país. Quizás los descendientes de aquellos hayan vuelto alguna vez a su tierra, pero ahora, todos ven más cerca que nunca la posibilidad de regresar al lugar del que fueron expulsados portando en la cartera algo que casi ninguno tiene: un DNI con la bandera de España.

La esperanza tiene nombre de reforma legal: ‘Anteproyecto de ley en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes que justifiquen tal condición y su especial vinculación con España y por el que se modifica el artículo 23 del Código Civil’. Aún le queda un trecho de camino burocrático -ha de ser aprobado por el Congreso y el Senado- para convertirse en una realidad, pero la elaboración de ese texto ha devuelto al primer plano a Sefarad (España en hebreo), la patria nostálgica de la que formó parte Extremadura.
«El judaísmo extremeño nació en Mérida, capital de la Lusitania, en el siglo II, con judíos procedentes de Jerusalén deportados por el emperador Tito», explica Marciano de Hervás. Él lleva 25 años investigando sobre la materia, y es la persona de referencia en la región para la Federación de Comunidades Judías de España, la organización que agrupa a la inmensa mayoría de estos colectivos que hay en el país. El experto -que incluye en su nombre de escritor el del municipio cacereño famoso por su barrio judío- concluye que la actual capital autonómica fue «el centro del judaísmo extremeño en las épocas romana, visigoda y musulmana». Durante esta última «nació la segunda comunidad de este tipo en la región, en Badajoz, nutrida de población procedente de Mérida, si bien la época dorada del judaísmo extremeño se desarrolla en Al-Ándalus (años 711 a 1492)».Aproximarse con cierto rigor al número actual de judíos con raíces extremeñas que podrían acogerse a lo que plantea el anteproyecto del Gobierno de Mariano Rajoy es poco menos que imposible. «Son muchas generaciones las que hay que retroceder en el tiempo, y el trámite para conocer con exactitud los antecedentes familiares de un judío en España no es nada sencillo, aunque lo que es seguro es que en Extremadura hay mucha gente con antepasados judíos», indica Marciano de Hervás, que resumen la importancia de este legado en la historia de España con un apunte. «Un sefardita -afirma- leería El Quijote con las entonaciones perfectas».
El ladino
La lengua judeoespañola es el ladino, un habla que aún conservan algunos judíos con reminiscencias en Sefarad. A día de hoy, en la comunidad autónoma solo residen doce israelíes, según los datos del Instituto Nacional de Estadística. Uno de ellos es Abigail Cohen Komer, que encajaría en el perfil de quienes podrían acogerse a lo que plantea el anteproyecto si no fuera porque ella, casada con un español, ya tiene la nacionalidad. Hija de argentinos, sus abuelos paternos son de origen sefardí. Tras la expulsión, se establecieron en Siria, y todo ese legado trata de reflejarlo ahora Abigail -que habla hebreo, español, inglés y alemán- en los pasteles que cocina a diario en Hervás, siguiendo recetas inspiradas en su abuela. Y antes, tuvo un restaurante con una carta en la que destacaban los platos sefarditas.
«Sin llegar a interiorizarlas por completo -comenta Marciano de Hervás-, la comunidad judía mimetizó las costumbres cristianas, de hecho incorporó el lenguaje de la sociedad en la que vivía, aunque mantuvo en el ámbito privado las suyas, especialmente las que tienen que ver con la religión». Según sus datos, los judíos no supusieron nunca más del diez por ciento de la población de Extremadura, y unos años antes de la expulsión, en la ciudad de Cáceres había unas 130 familias, y en torno a 45 en Hervás, a una media de cinco personas por cada una.
En torno a la mitad de la población hebrea de la comunidad autónoma se exilió a partir del decreto de expulsión, y el primer destino en muchos casos fue Portugal. «Pocos meses después -amplía Marciano de Hervás- se repartieron fundamentalmente entre Marruecos, Túnez y el Imperio Otomano». En una fase posterior, hubo también una importante emigración a Holanda y a América Latina.
A lo largo de quince siglos de estancia en la Extremadura de Sefarad, la comunidad judía fue extendiéndose a distintos puntos de la región. «El judaísmo -desgrana el estudioso de Hervás- cobra cierta pujanza en la Extremadura medieval cristiana, entre otros motivos porque la región era el puente histórico para enlazar Castilla y Andalucía a través de la Vía de la Plata». «Las comunidades judías -continúa- se acomodan primeramente en las cabeceras de las diócesis extremeñas y en las ciudades y villas fortificadas con cartas forales, como Usagre, Plasencia, Cáceres o Coria, entre otras, y también se establecen en las villas de las órdenes militares de Santiago, como es el caso de Fuente del Maestre, Fuente de Cantos, Llerena o Segura de León y de la orden militar de Alcántara, principalmente en Alcántara, Brozas y Valencia de Alcántara». También se asentaron en Medellín, Alburquerque o Jerez de los Caballeros, entre otros lugares, y en el año 1187 ya había una comunidad importante en Plasencia.
El año 1391, «el de las soflamas antisemitas de fray Martínez de Écija, marca el declive del judaísmo urbano de Sefarad y el auge del rural, que tiene como consecuencia que las comunidades judías se ubiquen fundamentalmente en los lugares de la nobleza feudal, y grupos procedentes de Castilla y Al-Ándalus -en el año 1483 se decretó su expulsión de una parte de esa región- se instalan en sitios que hasta entonces no habían tenido relación con los judíos». Entre otros, en Burguillos del Cerro, Barcarrota, Alconchel, Zalamea de la Serena, Hervás, Galisteo, Almaraz, Jaraicejo, el Valle del Jerte y el de La Vera.
Han pasado 522 años desde que les echaron por las bravas. Hoy son actualidad por una ley que pretende devolverles una parte de la memoria arrebatada. Y mientras, su legado está en barrios o festejos populares repartidos por media región. Por la Extremadura de Sefarad.ç
Por: ANTONIO ARMERO |  CÁCERES.
Fuente: HOY.es
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