En el corazón de la Ciudad Vieja de Damasco, entre callejuelas estrechas, puertas cerradas y casas deterioradas, yace el Harat al-Yahud, el histórico barrio judío de la capital siria. Lo que alguna vez fue un vibrante centro de vida judía con sinagogas, escuelas, carnicerías kosher y comercios de judaica, hoy se reduce a un espacio casi vacío, custodiado por recuerdos y sombras.
En este lugar viven solo cinco judíos, entre ellos Badriyah Mousa Shatah, una mujer que resume con crudeza su permanencia en Siria: “Ana hmar, soy una idiota”. Mientras los últimos residentes desean salir lo antes posible, los judíos de la diáspora siria —especialmente aquellos establecidos en Estados Unidos— miran con interés el nuevo escenario político de Siria y anhelan, al menos, reconectar con sus raíces.
La grandeza pasada: un judaísmo sirio floreciente
Una comunidad milenaria
El judaísmo en Siria tiene raíces que se remontan a tiempos bíblicos. Durante siglos, Damasco y Alepo fueron centros neurálgicos de la vida judía en Oriente Medio. Hasta mediados del siglo XX, se estimaba que había cerca de 100.000 judíos en el país, distribuidos en comunidades prósperas.
El Barrio Judío de Damasco concentraba instituciones clave:
- La escuela Ibn al-Mamoun, con hasta 950 estudiantes.
- Sinagogas históricas, como la de Eliahu Hanavi.
- Tiendas de judaica y carnicerías kosher, que sostenían una vida comunitaria vibrante.
Era un microcosmos de tradición y modernidad que resistió a pesar de las convulsiones regionales.
El golpe de 1948
Con la creación del Estado de Israel en 1948, la situación cambió drásticamente. El entonces presidente sirio, Shukri al-Quwatli, adoptó medidas restrictivas contra los judíos:
- Se les despojaron de sus derechos civiles.
- Se estableció la pena de muerte para quienes intentaran emigrar a Israel.
- Se congelaron propiedades y bienes.
- Solo podían salir del país pagando una fianza de 6.000 dólares, suma exorbitante para la época.
Estas medidas marcaron el inicio de un éxodo lento pero constante que redujo drásticamente la comunidad judía en Siria.
El ocaso del judaísmo sirio
El éxodo final en los años 90
Durante décadas, miles de judíos escaparon clandestinamente con la ayuda de organizaciones internacionales. El punto de inflexión llegó en 1992, cuando el dictador Hafez al-Asad autorizó la emigración de los judíos que permanecían en Siria. Casi todos partieron hacia Israel, Estados Unidos y América Latina.
En ese momento, Badriyah Shatah decidió quedarse, un hecho que ahora reconoce como un error. La vida judía en Siria quedó paralizada: sin minyán, sin festividades comunitarias, sin futuro.
La guerra civil: una herida abierta
La guerra civil siria, iniciada en 2011, agravó aún más la situación. Shatah intentó huir a Estados Unidos, donde vive su hermano, pero el cierre de la embajada norteamericana frustró sus planes. Desde entonces, sobrevivió en un país que perdió más de 620.000 vidas durante 14 años de violencia.
Aunque el conflicto terminó oficialmente en diciembre, las heridas siguen abiertas. El barrio judío, como el resto de Damasco, continúa marcado por la destrucción y la inseguridad.
La paradoja actual: huir o regresar
Los últimos cinco en Damasco
Hoy, solo cinco judíos residen en la capital siria. Viven aislados, sin sinagogas activas ni vida comunitaria. “No salimos de casa. No hay ceremonias, ni lecturas, ni oraciones”, lamenta Shatah.
La soledad y el miedo son sus compañeros cotidianos. La amenaza de la violencia sectaria —acentuada por ataques recientes contra comunidades cristianas y drusas— alimenta la urgencia de escapar.
La esperanza de la diáspora
En contraste, miembros de la diáspora judía siria ven señales de esperanza. En febrero, el Grupo de Trabajo de Emergencia de Siria organizó un viaje para expatriados que no pisaban su tierra natal desde hacía décadas.
Entre ellos estaba Henry Hamra, quien huyó en 1992. Su visita despertó emociones encontradas: al reencontrarse con la casa de su infancia, descubrió que estaba ocupada ilegalmente. Sin embargo, también percibió una disposición del nuevo gobierno sirio, liderado por Ahmad al-Sharaa, a colaborar en la preservación de sitios históricos judíos y a resolver disputas sobre propiedades.
Un nuevo escenario político en Siria
El fin de la era Assad y el ascenso islamista
La caída del régimen de Bashar al-Assad y el ascenso de facciones islamistas como Hayat Tahrir al-Sham reconfiguraron el panorama político sirio. Sorprendentemente, el nuevo gobierno ha mostrado apertura diplomática, incluso hacia Israel y Estados Unidos.
Aunque la paz formal aún no existe —Siria sigue técnicamente en guerra con Israel desde 1973—, se han iniciado conversaciones de alto nivel sobre seguridad y cooperación regional.
El papel de Donald Trump
El entonces presidente estadounidense, Donald Trump, impulsó estas negociaciones con el objetivo de poner fin a conflictos prolongados. Para Israel, la estabilidad de Siria es estratégica, mientras que para Damasco representa una oportunidad de reconstrucción y legitimidad internacional.
Los desafíos para un renacimiento judío en Siria
Propiedades en disputa
Uno de los principales obstáculos es la restitución de propiedades judías. Muchas casas fueron ocupadas ilegalmente tras la partida de sus dueños, y otras pasaron a manos de vecinos o del Estado.
El gobierno sirio ha prometido colaborar en la documentación y devolución de propiedades, pero la fuerte demanda de vivienda en la Ciudad Vieja complica este proceso.
Seguridad e incertidumbre
Aunque la nueva constitución siria reconoce las religiones monoteístas, incluidos el judaísmo y el cristianismo, la realidad es más compleja. El temor a ataques de actores no estatales sigue latente, como lo demuestra la violencia sectaria reciente en Damasco y Sweida.
Identidad fragmentada
Para los judíos que permanecen en Siria, la identidad está marcada por el aislamiento. Para la diáspora, el regreso representa un acto simbólico de conexión con el pasado, más que un proyecto de vida. Reconstruir una comunidad requerirá más que nostalgia: implicará seguridad, infraestructura y un reconocimiento real de derechos.
El futuro incierto del judaísmo en Damasco
El destino de los últimos cinco judíos en Damasco parece sellado: todos desean emigrar, aunque las barreras diplomáticas y legales lo impiden. Al mismo tiempo, la diáspora observa con cautela las señales de apertura del nuevo gobierno.
El renacimiento de la comunidad judía siria dependerá de varios factores:
- Voluntad política para devolver propiedades y garantizar derechos.
- Seguridad interna frente a la violencia sectaria.
- Apoyo de la comunidad internacional, incluyendo a Israel y Estados Unidos.
- Compromiso de la diáspora judía siria para invertir en preservación cultural.
Por ahora, el barrio judío de Damasco sigue siendo un espacio cargado de memorias, con más fantasmas que residentes. Una paradoja que refleja el drama del judaísmo sirio: mientras quienes quedaron anhelan huir, quienes partieron sueñan con regresar.
Conclusión
El judaísmo sirio, una de las comunidades más antiguas de Oriente Medio, se enfrenta hoy a un dilema existencial. Con apenas cinco judíos en Damasco, la vida comunitaria prácticamente ha desaparecido. Sin embargo, desde Brooklyn hasta Israel, la diáspora conserva viva la memoria y, en algunos casos, la esperanza de un futuro renacimiento.
La historia de Badriyah Mousa Shatah y de Henry Hamra simboliza esta contradicción: una mujer atrapada en un presente hostil que clama por huir, y un hombre que, desde la seguridad del exilio, contempla con nostalgia y optimismo la posibilidad de regresar.
El Harat al-Yahud sigue en pie, silencioso, como testigo de un pasado glorioso y un futuro incierto. ¿Podrá alguna vez volver a escuchar las oraciones de un minyán? ¿O quedará reducido a un recuerdo, una herencia cultural preservada desde lejos?
La respuesta depende de los próximos años, de la estabilidad de Siria y de la capacidad de la diáspora judía para reconectar con sus raíces.
